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Juan 17:6-18

La oración de Jesús por sus discípulos antes de la cruz

David Tello. Domingo 9 de agosto de 2026.
Editado por Regina Romo.

Biblia abierta sobre una mesa

Pocas horas antes de ir a la cruz, el Señor Jesucristo elevó una oración al Padre por sus discípulos, y la encontramos en el evangelio de Juan 17, capítulos del 6 al 18.

El Señor sabía que pronto regresaría al Padre, pero los discípulos permanecerían en un mundo hostil, llamados a vivir fielmente, dar testimonio del Señor Jesucristo y continuar con la misión que les había mandado.

El Señor Jesucristo hace una oración donde encontramos cinco grandes énfasis de la intercesión por sus discípulos. Él:

  1. Ruega por aquellos que el Padre le dio, no por el mundo.
  2. Pide que sus discípulos sean uno.
  3. Desea que su gozo permanezca en ellos.
  4. Pide al Padre que proteja a sus discípulos del maligno.
  5. Finalmente, pide que sean santificados en la verdad.

Y todo esto, hermanos, apunta a un propósito: el Señor Jesús ora para que los suyos sean preparados espiritualmente para permanecer fieles en el mundo y cumplir la misión que les ha encomendado.

El Señor recuerda quiénes son

Entonces, al orar por sus discípulos, el Señor Jesucristo primeramente les recuerda quiénes son. Esto lo vemos en el versículo 6 de Juan 17:

He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste;

Y en el versículo 9 añade:

Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste

Así que, lo primero que el Señor quiere que comprendan sus discípulos es que ellos pertenecen al Padre, y esta identidad también pertenece a todos los que hemos creído por medio de su Palabra, como el mismo Señor declara en Juan 17:20: Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos.

Hermanos, no anunciamos el evangelio para llegar a ser hijos. Anunciamos el evangelio porque ya somos hijos. Y ahora que hemos sido llamados a evangelizar, reflexionemos: ¿estoy viviendo como alguien que pertenece al Padre?

Porque quien pertenece al Padre, ya no administra su vida según sus propios intereses, sino conforme a los propósitos de aquel que nos llamó.

Persona leyendo la Biblia en el campo

El Señor prepara a quienes enviará

Luego, el Señor en su oración prepara a quienes enviará. El Señor después de recordarles quiénes son, ora por aquello que necesitarán para cumplir su misión. Si pones tus ojos en el versículo 11, dice:

Y ya no estoy en el mundo; mas estos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros.

Hermanos, el Señor pide que el Padre los guarde, los proteja; que permanezcan unidos, que sean uno, reflejando la unidad que existe entre el Padre y el Hijo. Y esto nos recuerda cómo debemos de vivir como iglesia. El Señor nos recuerda que Él sabe que en un mundo hostil, nuestro pecado y Satanás buscarán dividir lo que Dios ha unido.

La unidad de la iglesia no nace porque todos tengamos el mismo carácter o los mismos gustos, la unidad nace porque todos pertenecemos al mismo Padre, y somos protegidos por Él.

Ahora, en el versículo 13, dice:

Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos. 14 Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

El Señor desea que su gozo permanezca en sus discípulos, aún cuando tengan que vivir y servir en un mundo que los rechaza. En estos versos vemos lo que sostiene nuestro corazón en un mundo hostil: el gozo de Cristo.

Es ese gozo del cual el Señor nos habló en Juan 15:11. Ese gozo que no depende de circunstancias, que no se rompe con las pruebas, que no se basa en lo externo; sino que es el fruto de permanecer, de obedecer y de depender de Él.

La protección del Padre

Si pones tus ojos en el versículo 15, dice:

No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. 16 No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

Y aquí, hermanos, lo que el Señor Jesús está pidiendo al Padre es que nos guarde del maligno, mientras -dirigido al contexto de ellos- los discípulos permanecen en el mundo. El Señor pide por lo que necesitamos entonces frente al mundo: la protección del Padre.

Porque el Señor sabe que permanecer fieles y dar testimonio de Él en un mundo hostil, no será fácil. El mundo lo rechazó y también rechazará a quienes los que anuncien su mensaje. Y hermanos, la misión entonces nunca dependerá únicamente del conocimiento que tengamos, sino del cuidado constante del Padre sobre sus hijos.

Y quizá pensamos que el mayor obstáculo para evangelizar es no saber responder preguntas difíciles, o cómo empezar o abordar, pero el Señor Jesucristo sabía que el verdadero peligro era otro: un creyente desanimado, una iglesia dividida, un corazón lejos de Dios, un creyente vencido por el pecado.

Y por eso el Señor ora para que sus mensajeros sean fortalecidos y permanezcan fieles mientras cumplen la misión que les ha concedido.

Santificados en la verdad

Si pones tus ojos en el versículo 17, llegamos al corazón de la oración:

Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. 18 Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo.

Todo lo anterior conduce hasta aquí. El Señor no pide que el Padre saque a sus discípulos del mundo, pide que los proteja, que los guarde mientras permanecen en Él. Y este mismo principio se extiende a todos los creyentes que continuamos con la misión de Cristo en el mundo.

La palabra “santificar” comunica la idea de consagrar, de apartar para Dios. Y en este contexto, el Señor pide al Padre que sus discípulos sean formados y preparados por la verdad de su Palabra, para cumplir fielmente la misión que les había encomendado.

Hermanos, esto es importante. Esto no significa que la vida santa del creyente tenga poder para convertir al incrédulo. Nosotros solamente somos el mensajero, no podemos abrir el corazón, producir arrepentimiento, ni conceder fe. El poder salvador está en Dios, quien obra soberanamente por medio de su Espíritu mediante el evangelio de Cristo anunciado en su Palabra. Romanos 1:16 nos enseña que el evangelio es poder de Dios para salvación, y como afirma Romanos 10:17, la fe viene por el oír la Palabra de Dios.

Entonces, ¿por qué el Señor pide que sus discípulos sean santificados? Porque quienes anunciamos la verdad debemos vivir sometidos a esa verdad. Una vida santa no añade poder al evangelio, ni convierte al pecador, pero evita que la conducta del mensajero contradiga o desacredite el mensaje que proclamamos.

Así que, hermanos, no confiemos en nuestra capacidad, en nuestra personalidad, en la elocuencia o en el testimonio para salvar a alguien. Nuestra responsabilidad es anunciar fielmente a Cristo, vivir bajo la autoridad de la Palabra y depender completamente de Dios para los resultados.

Hermanos, la iglesia está siendo capacitada para anunciar el evangelio dependiendo de Dios y no del mensajero para la conversión. La santidad prepara al mensajero para vivir y servir fielmente, pero el poder para salvar pertenece únicamente a Dios, quien obra por su Espíritu mediante el evangelio revelado en su Palabra.

Amado Señor, bendito Padre celestial. Tú, Señor, siendo creador, el dueño, te damos gracias que nos permites estar delante de ti. Nosotros lo único que merecíamos era tu juicio, ahora por tu gracia y misericordia estamos delante de ti, humillados y agradecidos por permitirnos venirte a adorar.

Señor, cuando tú hiciste esta oración ante tus discípulos, lo hiciste audible para que supieran ellos, y por ende nosotros, lo que tú estarías haciendo con el Padre en su presencia. Y ahora, bendito Señor, permite a cada uno de nosotros unir nuestras voces a tu bendita voz y repetir junto contigo esta oración que tú hiciste al Padre, porque por tu gracia y misericordia nos estás preparando para proclamar tu evangelio a los que no te conocen.

De tal manera, así como tú lo hiciste, oramos por tu protección. Primeramente, protégenos de nosotros mismos, líbranos de la tentación, cuídanos no estorbar tu obra. Cuídanos y permanece en tu cuidado con el propósito de mantenernos unidos. Líbranos del maligno, Señor, y no permitas que él divida lo que tú has unido.

Te pedimos, Señor, que a través de tu Palabra sigas santificando y consagrando nuestras vidas, y a través de tu sabiduría nuestras vidas sean transformadas reflejando tu integridad y congruencia, conscientes de que nosotros somos solamente mensajeros de tu Palabra.

Oramos para que a través de tu santificación, de la santificación que nos haces a través de tu Palabra, podamos ser fieles servidores con una vida íntegra, que no demerite ni desacredite tu mensaje. Y todos en unidad, Señor, oramos porque por medio de tu Espíritu abras los corazones de aquellas personas a las que tú nos envíes a predicar tu mensaje.

Ayúdanos, Señor. Te lo pedimos para tu gloria y en tu nombre, amén.